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Tierra baldía
Ce toit tranquille, où marchent des colombes,
Entre les pins palpite, entre les tombes;
Paul Valéry
No hay un corazón a la sombra de esta hora
ni aún olor en el rosal sonoro,
no vaga el pez sobre las olas
ni el aliento de un dios entre las hojas idas,
que ocultaron los trinos y sus pájaros,
ni vive amor entre esos ojos de vidrio,
que persigues y se ríen y desnudan asaltándote,
no han dejado ya más tiempo
para el verde sueño
en esta esquina añil del paraíso.
Saludaban los amigos tus encuentros,
ninguno se ha quedado, a contemplar
el cielo yerto y se han bebido el vino,
la tierra se ha secado,
es un yacimiento:
clavículas pelvis esternones,
donde se esconden, deslizándose, calladas ratas sigilosas
y esa ciudad, esa ciudad que se levanta del desierto,
poblada de cadáveres solísimos, mantiene:
escaparates televisores cines encendidos,
para recrear lo que alguna vez llamaron Vida.
Los bares se poblaron de fantasmas,
y las casas las habita la locura:
harapos mugre telarañas;
el hastío ocioso pinta las paredes y persianas
con un perfume
acre mustio ocre,
entumece los armarios: viejo abrigo,
y chaquetas del ahorcado,
y el único zapato de los desaparecidos,
las agujas borraron ya sus nombres familiares
y sus rostros amarillos retratos olvidados.
No hay corazón en esas calles,
ni un pez en la mar agonizante,
ni el aliento que salía de tu boca
cada vez que doblabas las esquinas excitado,
no han dejado nada para nadie
no, no suenan las puertas ni los timbres,
-nadie ansiado recibe alguna carta-
pasan los días eternos bocabajo,
indefenso sobre la cama: el polvo,
atento, al eléctrico y sordo zumbar
del abanico de tu cuarto,
con sus cuatro ceniceros desbordados de colillas:
al acecho del canto ácido del gallo,
al acecho, de un grito de resurrección en la mañana.
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